Nueva York, septiembre 2003 (EFE)
Dos años después de los atentados contra las Torres Gemelas, los habitantes de la "Gran Manzana" han aprendido a vivir con la amenaza de ser un objetivo terrorista, lo que ha acabado deteriorando su economía y alterando su forma de vida.
La herida que causó el 11 de septiembre sigue abierta en Nueva York, no sólo por la presencia del gran agujero que abrió el derrumbamiento del World Trade Center, sino por el impacto que este fatídico día ha tenido en el ánimo y en los bolsillos de sus habitantes.
Según un informe hecho público hace unos días, Nueva York se encuentra en una profunda recesión económica desde el 2001, lo que ha mermado el peso de esta gran urbe en el conjunto de la nación y ha animado a muchos profesionales a irse de la ciudad, buscando su futuro en otros puntos del país.
Nueva York es 17.600 millones de dólares más pobre de la que sería su situación económica si no se hubieran producido los atentados del 11 de septiembre, según una valoración publicada hace unos días por el controlador de la ciudad, William Thompson.
A esta cifra, que incluye el cierre de comercios, despidos y la caída del turismo tras los atentados, habría añadir otros 9.000 millones de pérdidas que ha ocasionado la debilidad de la bolsa desde septiembre de 2001.
En total, son 26.600 millones de dólares que Nueva York tendría de más si la economía de la ciudad hubiera avanzado al mismo ritmo que la actividad a nivel nacional desde los atentados del 11 de septiembre.
Aunque el daño económico sea el más fácil de valorar, no es el único que ha sufrido la ciudad, que ha tenido que lidiar con los efectos físicos perniciosos del derrumbe de las Torres Gemelas.
Un estudio elaborado por el Hospital Monte Sinai reveló que las mujeres que vivieron su embarazo en zonas cercanas a la llamada "zona cero" registraron una mayor proporción de bebés pequeños tras el parto, como consecuencia de la exposición al humo y al polvo que estuvo emanando de este área durante meses.
Dos años después de los atentados, otra de las consecuencias que todavía perdura es el miedo a sufrir nuevos ataques, ante la constatación de que la ciudad es ahora un claro objetivo terrorista, como muestran las alarmas que se han declarado en los últimos meses.
Una encuesta del Daily News publicada con motivo del segundo aniversario de los atentados revela que el 61 por ciento de los neoyorquinos, dos de cada tres, cree que un nuevo atentado es todavía posible en la ciudad.
Además, otro 60 por ciento opina que la intervención de los Estados Unidos en Irak y en el conflicto entre israelíes y palestinos ha aumentado la probabilidad de Nueva York de sufrir nuevos atentados.
El resultado es que la ciudad dinámica, despreocupada y pujante que brillaba con luz propia antes del 11 de septiembre del 2001, es ahora una urbe temerosa y más solidaria, que vive el día a día con una cierta ansiedad a que se repitan aquellos acontecimientos, en los que murieron casi 3.000 personas.
Así se puso al menos de manifiesto durante el apagón del pasado 14 de agosto, que dejó a oscuras a ocho millones de habitantes de la ciudad e hizo renacer la sensación de caos que surgió tras los atentados.
Con el recuerdo de las Torres Gemelas en sus retinas, los neoyorquinos dejaron de lado los miedos iniciales y asumieron con resignación que el apagón les obligaba a regresar a oscuras, y de nuevo a pie, a sus hogares.
En cualquier caso, los que vivieron el antes y el después del 11 de septiembre coinciden en que Nueva York está tratando de lograr una "nueva normalidad", donde la superficialidad y la inocencia de antes ha dado paso ahora a una cierta sensación de vulnerabilidad, patriotismo y solidaridad.